La imagen viva: Tampa City Ballet redescubre Ybor.




Por Asley L. Mármol.


Llegamos muy temprano al teatro. Decidimos caminar hasta Centro Ybor. Durante el corto periplo, nos retratamos frente al busto de Martí en la esquina del edificio del Círculo cubano, donde en 1893, dos espías españoles atentaron contra su vida. Más adelante, pasamos frente a una remozada edificación con grandes letras identificada como: “Don Vicente de Ybor, Est. 1895”; esta era la antigua clínica llamada “El Bien Público” establecida por la comunidad de inmigrantes y que fungió como tal desde 1903 hasta 1973. Luego nos cruzamos con varios de los esplendorosos gallos y gallinas que corren libremente por las calles del enclave histórico. Vemos acercarse con ruido estremecedor, el tranvía eléctrico que aún corre por las avenidas de ladrillos lustrados por el tiempo. Esta suerte de inmersión en el pasado que nos proporcionó el deambular por las calles de la pequeña gran ciudad, fue el preámbulo de nuestro encuentro con la muy anticipada y más reciente puesta en escena de Tampa City Ballet: Ybor y 7ma.


Habíamos presenciado espectáculos anteriores como “Si lloro”, de impresionante audacia estilística y coreográfica. En esta ocasión, no fue el fino dramatismo o la colorida descripción de los personajes, si no la fuerza historicista de las escenas, como embate social, una absorción plena de distintos momentos históricos todos centrados en el devenir de Ybor City, empapados de la esencia de grupos étnicos de diverso origen que lograron aunarse armónicamente en el ámbito histórico de finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Los distintos aspectos de la vida de los obreros tabacaleros y sus familias, su trasiego hasta estos parajes, su sufrimiento, sus luchas, sus aflicciones y sueños son todos elaboradamente desplegados en la escena. Los creadores, responsables de dibujar lo más profundo de este mundo mediante la pureza del movimiento, se ven una y otra vez acudiendo a lo que parece ser una pasión recurrente, la identidad grupal, e individual a la vez, de estos inmigrantes quienes no tenían mejor opción que aprender el oficio de marras, la confección de puros. Pero es precisamente este dolor del sinsabor y conflictos internos lo que da forma a esta identidad cultural que influye a todos quienes vivimos acá hoy, seamos o no descendientes directos de estos arquetípicos personajes.


Por momentos parecía posible salir de mi asiento y caminar al escenario tal como caminé esas mismas calles antes de comenzar la función: Ybor dentro de otro Ybor. El dinamismo y textura del discurso era tan real como subirse al tranvía eléctrico para ir hasta el otro lado de la ciudad. La tangibilidad del simbolismo de los gestos representando la manufactura de los tabacos sobre la melódica voz (inaudible) desde el elevado sitial del lector, nos permitía entrar a la escena y sentarnos a escuchar. La trifulca entre dos contendientes me pareció uno de los mejores momentos de la noche. Las imágenes de conjunto escénico me recordaron las obras del pintor cubano Marcelo Pogolotti especialmente “Saliendo del Trabajo”, que magistralmente captan el espíritu colectivo de una clase social, tal como es el caso en Ybor y 7ma. La tensión de la vida cotidiana de estos inmigrantes contrasta con los momentos de ocio, donde se daba pie a la diversión escandalosa que rozaba lo nocivo: el tradicionalísimo juego de la bolita aún muy popular hoy en Cuba y otros países latinoamericanos. La exquisitez coreográfica y conceptual de estas escenas es fundamental.



La yuxtaposición del infamemente célebre mafioso Charlie Wall, adelanta la composición en el tiempo para concluir la narración de la decadencia de una sociedad otrora marcada por una cultura abierta y autóctona que se fue infestando poco a poco de vicios que la llevaron casi al caos a finales de los años treinta debido a las sangrientas guerras de poder entre gánsteres. El jubiloso tiempo en los salones de los clubes sociales, las huelgas de los trabajadores, o el fervor patriótico en pos de la libertad de Cuba, fueron difuminándose ante el paso del progreso que irónicamente terminó poco a poco con la industria tabacalera local al introducirse maquinarias que substituyeron la labor manual. Poco a poco, el negocio de la manufactura de tabaco regresó a su Isla primigenia donde hasta hoy se confeccionan manualmente al son de la lectura del ‘lector de tabaquería’. Yo tengo la dicha de ser nieto de uno de aquellos que cuando joven se ganaba unos pesos leyendo para los tabaqueros en las fábricas de Pinar del Río.


Debo mencionar que la música a cargo de Paul Lewis fue impresionante. Sin acudir a estereotipos tradicionalistas, el eclecticismo de la sonoridad no distrajo, todo lo contrario, de la idiosincrasia de la obra. Mentiría si no dijese que algún que otro danzón o sonoridades equivalentes hubiese dado más aun en el blanco para mí. La composición musical estuvo muy bien lograda a mi juicio. Por encima de todo, es importante resaltar el grandísimo esfuerzo que todos estos artistas han dedicado a esta, me atrevo a decir, su obra más compleja y rica hasta el momento. La mayoría de las escenas poseen una ostensible exquisitez técnica y una originalidad que son raras en una compañía tan joven y es precisamente ahí donde yace el nudo gordiano: Tampa City Ballet, necesita más apoyo de la comunidad a la que dedica su trabajo. El teatro no le alcanza, el escenario vibra a punto de estallar. Como un torrente incontenible, desbordan su entorno. Con más recursos, la capacidad de proyección creativa de estos seres raros y sublimes que integran la compañía pudiera expandirse exponencialmente. Este es un proyecto que verdaderamente merece la atención de aquellos que mueven recursos en la ciudad; Tampa City Ballet dignifica a esta ciudad tanto o más que los afamados equipos deportivos que abundan y ostentan tanto poder y fanfarria. Ybor ha sido un epicentro de inspiración muy prolífero para la imaginación de Paula Nuñez, el portento coreográfico de Elsa Valvuena y la supervisión técnica de los maestros de danza Luana Hidalgo y Osmany Montano. Ybor ha sido un dulce hogar para Tampa City Ballet. No obstante, la compañía tiene que ascender a otras alturas, necesita plumas más recias y vientos más propicios. Tampa City Ballet necesita que Tampa se mire en ella y devuelva el favor con creces. Quienes los seguimos y aguardamos el próximo salto sabemos que es cuestión de tiempo para que la imagen camine, no solo en las calles, sino también en la imaginación profunda de la ciudad.


Sobre el autor:  Asley L. Mármol. Nació en Marianao, Ciudad de La Habana, Cuba en 1977. Poeta, novelista y crítico de arte. Actualmente reside en Tampa. Más información en:

www.asleylmarmol.com



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